OPINIÓN

Margarita Ortega

El culto al desperdicio

Tenemos más confort que cualquier generación anterior y, aun así, todo indica que necesitamos cada vez más estímulos para sentir que algo nos está pasando.
4 de octubre de 2026 a las 9:00 a. m.

Hay algo que me viene apareciendo en redes y que, más que indignarme, me produce una pregunta bastante seria. Por alguna razón, inexplicable por cierto, he llegado a un contenido que me parece incomprensible; será porque vengo de un mundo análogo o porque ya hay cosas que no quiero entender y, sin embargo, este es el tipo de vainas raras que prefiero no dejar pasar de largo.

Recientemente he visto mujeres, en su mayoría asiáticas, que frente a una cámara se ponen cantidades descomunales de base y polvo sobre la cara. Una capa, otra, otra más. El rostro desaparece debajo de frascos de base exprimidos, sin pudor. Cuando la piel parece haber presentado su renuncia y la mujer tiene una máscara de grueso calibre, comienza la segunda parte del ritual: limpiarse y retirar todo aquello que acaba de ponerse.

Lo que hizo no fue maquillarse. Es otra cosa. No entiendo qué o para qué. En fin, lo interesante aquí no es decidir si está bien o mal hacerlo; lo interesante -creo yo- es preguntarnos por qué semejante desperdicio puede convertirse en espectáculo, repetirse miles de veces y encontrar una audiencia fascinada.

Hay algo casi antropológico en ese gesto: en una sociedad de abundancia, el exceso se convierte en código. Mostrar que podemos gastar, usar y desechar sin consecuencia visible funciona como una representación de poder. El producto deja de ser cosmético y se convierte en signo.

He visto otras escenas encaminadas al mismo destino y de similar simbología. No tan estrambóticas, pero equiparables en su verdadero contenido y con mujeres de distintas latitudes que compran maquillaje; no un labial, montañas de labiales, que apenas usan.

Organizan toda esta -digo yo-, con una sola boca, innecesaria cantidad de maquillaje, que clasifican, exhiben, guardan y luego, otra vez, frente a cámara, ante cientos de seguidores, desechan.

¿Por qué? Pues porque no les cabe una cosa más en sus cajones y closets, porque apareció una nueva tendencia, otra colección o simplemente porque ese producto se venció, incluso, sin haberse estrenado.

Para una generación que aboga por el cuidado medioambiental, he aquí una primera incoherencia y es que estos desechos no son sencillos de reciclar: envases pequeños, mezclas de materiales, espejos, restos de cosmético… ¿Qué te puedo decir?

Ese maquillaje adquirible, pero inservible, amplía su significado ante una audiencia que aplaude todo el proceso y el despilfarro. A ambas partes, al público y al influenciador, les permite crear una versión posible de sí mismos, un estilo de vida, una pertenencia, una promesa… las redes como objeto aspiracional.

El asunto, entonces, es que el desperdicio se convirtió en lenguaje, así como la intimidad se volvió espectáculo. Entonces, una experiencia personal puede transformarse en identidad; una identidad, en colectivo; y un colectivo, en una frontera desde la cual decidimos quién está bien y quién está mal.

Tenemos una extraordinaria capacidad para señalar y, al tiempo, una sorprendente tolerancia frente a otros excesos de nuestra propia época. Nos escandaliza una cosa, protestamos por otra. Convertimos determinadas conductas en causas públicas, mientras aceptamos como entretenimiento la acumulación, el derroche y la cultura del usar y el botar, específicamente, la cultura de la incongruencia.

Celebramos la abundancia tecnológica que nos permite tenerlo todo, pero rara vez nos preguntamos qué estamos alimentando con ese consumo.

Aclaro que esta opinión no versa sobre el extremo antipático e imposible de vivir sin maquillaje, sin tecnología, sin placer o sin consumo, y tampoco pretende concluir que toda causa colectiva es falsa. El problema se nos hace visible cuando convertimos unas percepciones íntimas en verdades universales y, simultáneamente, dejamos de cuestionar otras conductas solo porque son cómodas, rentables o “entretenidas”.

Tenemos más confort que cualquier generación anterior y, aun así, todo indica que necesitamos cada vez más estímulos para sentir que algo nos está pasando. Puede ser posible que el vacío no habite en lo que compramos, sino en lo que intentamos llenar comprando. ¡Puede ser!

O quizá tampoco esté en las diferencias que defendemos, sino en nuestra incapacidad para convivir con aquello que no encaja en ellas.

Tal vez la pregunta no sea: ¿qué es lo que debemos juzgar?, sino, ¿por qué hemos aprendido a señalar tan rápidamente lo que hacen los demás y tan poco, a preguntarnos qué es lo que estamos celebrando?

En esta sociedad del espectáculo, la humanidad puede tener las manos llenas y, de todas formas, estar profundamente vacía.