OPINIÓN

Jorge Humberto Botero

El pluralismo y sus límites

La pluralidad política de Colombia es uno de los valores que la constituyente de Petro y Cepeda podría aniquilar.
12 de mayo de 2026 a las 9:00 a. m.

No ha sido sencillo el dilatado tránsito del pensamiento y la práctica política hacia la consolidación de la democracia, hoy de nuevo asediada desde los extremos ideológicos. En el memorable discurso de Pericles, pronunciado en el siglo V a. C., el gran líder ateniense definió los elementos centrales de la democracia: “Nuestro régimen político no imita las leyes de otros pueblos; más bien somos ejemplo para algunos”. “Su nombre es democracia, porque la administración no está en manos de unos pocos, sino de la mayoría”. “En las disputas privadas, todos son iguales ante la ley; y en los asuntos públicos, cada cual es preferido no por su clase social, sino por su mérito”. “Vivimos en libertad, tanto en la vida pública como en la privada; y no recelamos unos de otros por sospechas”.

Poco después se produjo la muerte de Pericles y el colapso de la democracia ateniense. En la generación siguiente, nadie menos que Platón defendió las tesis contrarias. En el Gorgias sostuvo que “no es el pueblo quien sabe, sino los que saben; y sin embargo, en la democracia, los que no saben, deciden”. De donde lógicamente se concluye que el poder de gobernar debe concederse a los sabios.

Parecida, por sus consecuencias, es la posición de las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo). Si Dios es único, de él emana la verdad, y esa verdad se plasma en los libros sagrados. En la epístola a los Romanos, San Pablo afirma “que no hay autoridad que no provenga de Dios”. Como Dios ha investido al gobernante de la autoridad que detenta, nadie puede disputarle el poder. Luis XIV en Francia concluyó, con entera lógica, que “el Estado soy yo”.

Los empiristas del siglo XVII sostuvieron que, como había sido posible avanzar en el conocimiento de la naturaleza a partir de la observación y el uso de las matemáticas, sería viable encontrar la verdad sobre las leyes que gobiernan la sociedad. Montesquieu dio ese salto en “El espíritu de las leyes”. Allí sostuvo que las sociedades tienen leyes tan reales como las de la naturaleza y que esas leyes pueden descubrirse por los hombres si observan con cuidado las semejanzas entre ellas. Según el marxismo, en un futuro indeterminado cesarán los conflictos sociales cuando la clase proletaria se imponga a la burguesía. Ese sería el fin de la historia y desaparecería la necesidad de gobernantes; bastarían unos meros administradores de las cosas.

Cabe, entonces, la pregunta: ¿qué sentido tiene la democracia, con sus debates interminables plagados de emociones, cuando la verdad que hay que implementar está al alcance de personas ilustradas?

Isaiah Berlin, en su luminoso ensayo La persecución del ideal, la respondió con claridad: “Puesto que yo conozco el único camino verdadero para solucionar definitivamente los problemas de la sociedad, sé en qué dirección debo guiar la caravana humana; y puesto que usted ignora lo que yo sé, no se le puede permitir que tenga la libertad de elegir ni aun en un ámbito mínimo…”.

En ese mismo texto, el gran pensador liberal recuerda que Maquiavelo plantea dos tipos de actitudes sobre el quehacer político. La que caracteriza al dirigente apegado a los valores cristianos, de un lado, y, de otro, la que considera necesaria para triunfar en los juegos del poder siguiendo el modelo de la república romana. Hasta aquí no hay nada novedoso. La novedad proviene de haber descubierto, leyéndolo, que no existe ningún argumento racional para elegir entre una y otra alternativa.

De esta epifanía proviene un aspecto central de su pensamiento: que no todos los valores supremos que persigue la humanidad son compatibles simultáneamente. La justicia y la libertad, por ejemplo, son bienes supremos; entre ellos no cabe jerarquía alguna. Llevar uno cualquiera de ellos al absoluto destruye al otro. Si aspiramos a la más elevada expresión de la justicia, la libertad queda anulada. Y viceversa.

A falta de una solución racional, no cabe sino el camino del debate público, la pugna de intereses: el juego político en una sociedad democrática. Como nadie sabe qué es lo justo, la justicia provendrá del consenso entre los integrantes de la polis.

Para los populistas de todas las vertientes, basta con que haya un gobernante sapiente y bien intencionado que implemente los mandatos del pueblo tal como él mismo, en su clarividencia, los entienda, para que sea tenido por un demócrata. Como Petro lo ha dicho en repetidas ocasiones, las mayorías parlamentarias que niegan sus iniciativas “traicionan al pueblo”; son infieles a un mandato popular inequívoco recibido por él en los comicios de 2022. Lamentablemente, nuestro presidente comete cuatro errores. No sorprende. Lo suyo son las “matemáticas cuánticas”, expresión carente de sentido en el campo de la ciencia.

1) Dispone la Constitución que “los miembros de cuerpos colegiados de elección directa representan al pueblo, y deberán actuar consultando la justicia y el bien común”. Esto significa que no existe un mandato imperativo impuesto por los electores. 2) Hace caso omiso de que ganó esa elección por un margen del 3,1 %, y que es igualmente representante del 47,3 % de los ciudadanos que votaron por su adversario. 3) Finge ignorar que en la papeleta electoral se vota por personas, no por programas. 4) No se da por enterado de que los parlamentarios también fueron elegidos por el voto popular, razón por la cual no son sus subalternos. En suma: carece de fundamento su afirmación de que existe un “bloqueo institucional”.

Alguien podría afirmar que en los párrafos precedentes se plasman vacuas teorías. No es así. Ellos tienen que ver con un elemento axiológico de la mayor importancia, que está consignado, para destacar su importancia, en el artículo primero de la Carta Constitucional. Allí se escribió, entre otras cosas importantes, que Colombia es una “sociedad pluralista”. Como ese concepto es novedoso en nuestra historia constitucional, es menester precisar sus alcances.

Significa que la sociedad colombiana reconoce la diversidad de proyectos de vida, identidades, creencias y visiones del mundo. Que el interés general carece de un contenido sustantivo predefinido. Que ese interés no es lo que piensa la mayoría, sino lo que resulta de un procedimiento que garantiza la participación de todos, especialmente de las minorías. Que los congresistas, cuando votan, han de justificar sus decisiones, considerar los efectos sobre todos, no solo sobre su electorado, e incluir a las minorías en la ecuación deliberativa.

Sin embargo, el pluralismo tiene límites. Es incompatible con la mentira y la tergiversación de los hechos; con las actuaciones, ejercidas desde el poder, para vaciar la democracia de sentido, y con la instigación de una revolución para derrocar el sistema político.

Tal vez la recolección de firmas para la convocatoria de una constituyente, que Petro adelanta con franqueza y Cepeda de manera ambigua, carezca de viabilidad y se apague transcurridas las elecciones. Ojalá. Pero como soy consciente de que muchos electores van a las urnas como las reses al corral, o las moscas a la miel, escribo estas palabras con la esperanza de que muchos ciudadanos las compartan y actúen para frenar una iniciativa que puede ser fatídica para la estabilidad de las instituciones.

Briznas poéticas. Me conmueve este poema de José Emilio Pacheco.

“Los grillos se alimentan de oscuridad.

Nadie sabe

De qué se trata su rumor incesante.

Acaso se interrogan sobre otro enigma:

Qué pretendemos decirnos

Con el ruido de nuestras bocas”.