Excelencia y perfección son dos palabras que siempre acompañaban la rúbrica de Germán Vargas Lleras. Fue mi primer jefe, siempre lo recordaré con agradecimiento por todo lo que me enseño siendo una ‘novata’.
Aún no me había graduado de la universidad y me asignó grandes responsabilidades. Organizar su agenda de tomas en Bogotá, así como la logística de estas. Junto a Germán tuve la oportunidad de conocer la capital palmo a palmo, las necesidades de la gente, sus preocupaciones y dolores.
Un día ordinario podíamos iniciarlo en una plaza de mercado como Corabastos a las 5 de la mañana y terminarlo en una reunión con comunidades a las 12 de la noche, para continuar el día siguiente con una agenda similar. Con Germán no se paraba, siempre había mucho por hacer y también mucho que aprender.
Constancia y disciplina fueron características en todas sus acciones a lo largo de su carrera. Luchador incansable al que nunca le regalaron nada. Luchó hasta el último voto siempre. Jamás claudicó en sus esfuerzos por una Colombia mejor.
Antepuso sus intereses personales por los del país. Además de los atentados en su contra, sus enemigos hicieron lo posible por destruirlo, a él y a su entorno.
Germán no solamente tuvo graves lesiones físicas como consecuencia del libro bomba enviado en una Navidad a su oficina, sino que su entorno familiar fue siempre amenazado. Por esa razón tuvo que sacar del país a su hija.
Recuerdo bien cuando fueron envenenados dos de sus perros e incluso hace poco, en marzo del año pasado, dos personas de su esquema de seguridad, uno de ellos con casi 20 años de servicio a su lado, fallecieron en extrañas circunstancias, en un accidente que deja muchas dudas de que realmente lo fuera.
Con frecuencia oigo a muchas personas afirmar que Germán era un hombre grosero, gritón, y luego el episodio del coscorrón maltratador. El Germán Vargas Lleras que yo conocí jamás fue así. Siempre fue un hombre educado, de buenos modales, con un gran sentido del humor. Él buscaba la perfección en todo, era meticuloso, metódico, por lo que exigía siempre los más altos estándares a aquellos que lo acompañamos. Discutíamos con frecuencia, pero a los cinco minutos ya todo se había olvidado.
Pocas personas tenían conocimiento del Estado como él. También conocía como pocos la naturaleza humana y el arte de la política. Recuerdo muy bien cómo en ocasiones, durante nuestras tomas, algunas personas con las que hablábamos en los barrios se rehusaban a votar por él. Simplemente le manifestaban que no confiaban en los políticos y que no querían saber nada de la política. Luego de esto Germán no se iba del lugar hasta convencerlos de votar por él, y siempre con argumentos y propuestas serias, lograba convencer incluso al más incrédulo..
Personas como Germán Vargas Lleras le daban altura al debate político, sus intervenciones y discursos eran maravillosos. Para mí siempre fue un placer oírlo, así fuera sobre temas similares y por muchas horas. ¡Aprendí tanto!
Lecciones me dio muchas, pero recuerdo una muy especialmente. En alguna ocasión, en una de las tomas en el sur de Bogotá, coincidimos en la misma acera con Gustavo Petro. Ese día conocí al actual presidente. Al verlo de lejos, le dije a Germán que cambiáramos de acera, que no lo saludáramos, a lo que Germán respondió: ‘¿Pero por qué no? Vamos a saludar’. Fue amable con él, hablaron corto, luego se despidieron y seguimos con nuestra actividad.
Reconocer al otro y buscar el diálogo es parte fundamental de construir el país que queremos. Esa fue la lección para mí. Si queremos que Colombia sea mejor, debemos empezar un diálogo sincero, profundo.
Hoy en día, si me encuentro a Petro, no sé si lo salude. Aunque creo que recordaré a Germán y entonces muy seguramente lo haga.
Germán, gracias por tanto. Por ser una persona fundamental para mi formación. También gracias por todos los esfuerzos realizados por el país, siempre en la búsqueda de una Colombia mejor.
A sus familiares, mis más sentidas condolencias, muy especialmente a Enrique, José Antonio y Clemencia. Jamás tendremos otro como él.
