Todos hemos visto lo que viene pasando estas semanas en Ceuta, ciudad española con una ‘migración’ masiva de marroquíes, cruzando sus fronteras sin freno y el presidente de la comunidad de Ceuta con las manos atadas, pidiendo cerrar la frontera, pero Pedro Sánchez mirando para otro lado.
La gran pregunta que se hacen los españoles y diferentes personas en todo el mundo: ¿esto es migración o invasión? Podríamos responderla diciendo que la migración sin integración cultural es, sin lugar a dudas, una invasión, y esto es algo que viene pasando hace muchos años en diferentes países, pero debido a la cercanía, Europa es el primer objetivo.
La migración es gente que llega a otro lugar, aprende su idioma, respeta las normas y aporta de alguna u otra manera a la sociedad que lo recibe; es integrarse cultural y legalmente. Por el contrario, para invadir ya no se necesitan armas; basta con llegar masivamente a un país para que sea imposible esa integración y así formar comunidades alternas que no se mezclan con los demás y, con el tiempo, intentar forzar al país que los recibe a adaptar sus leyes y cultura.
Así volvemos al mismo problema de las palabras secuestradas por el ‘progresismo’, porque pedir integración se convierte en una palabra sospechosa y difícil de decir en voz alta. Si piden que aprendan el idioma, consigan trabajo, respeten las leyes y se adapten culturalmente al país que los recibe, es intolerancia y discriminación, pero decidieron involucrar una nueva palabra a la narrativa: ‘multiculturalismo’ para premiar la vagancia y la división generada por estas ‘migraciones’ masivas.
Lastimosamente, España es un ejemplo perfecto, gobernada por la izquierda y, como lo dicen algunos españoles, “aliada a exterroristas” por sus alianzas con Bildu, brazo político de ETA, al parecer una patente de gobernabilidad del ‘progresismo’ en el mundo. Aprobó un decreto para regularizar 500.000 migrantes ilegales sin exigir ninguna contraprestación a cambio, ni trabajo, ni aprender el idioma.
Italia, Dinamarca, Finlandia y más de 20 países de la Unión Europea se oponen a esta regularización masiva sin control y el discurso progresista viene siendo el mismo en todos lados, palabra lista y, como diríamos en Colombia, “la vieja confiable”: “xenófobos” para poder terminar el debate sin haberlo empezado, usando siempre la decoración del lenguaje como arma letal para ganar cualquier pelea.
Pero si vemos los datos reales, por encima de las narrativas progresistas encontramos a Suecia, el caso que más debería preocupar en Europa, pues entre 2010 y 2020 abrió sus puertas a más de 1,2 millones de inmigrantes, en su mayoría de países musulmanes, sin exigir ninguna clase de integración o adaptación al país, y el resultado fue catastrófico. Tienen la tasa más alta de violencia armada de Europa, barrios como Rosengård en Malmö donde casi el 90 % de la población es de origen extranjero y vive completamente aislada del resto del país, y hasta el propio partido ‘progresista’ que hizo esa política tuvo que sacar un informe admitiendo que más de 10 años de inmigración excesiva sin integración produjeron una crisis nacional, callada por años debido a las falsas narrativas de la xenofobia. Hoy la propia izquierda sueca terminó aceptándolo.
Estados Unidos vive su propia versión del mismo problema con las “ciudades santuario”, que no son más que espacios con jurisdicciones especiales en Nueva York, Los Ángeles y Chicago, para proteger migrantes ilegales, incluso con beneficios superiores a los de los mismos estadounidenses. Bloquean las intervenciones de las autoridades migratorias y vale la pena recordar que quienes gobiernan y lideran estas ciudades tienen algo en común: son políticos de izquierda, como Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, que se posesionó y juramentó su elección teniendo un Corán en la mano.
Este es un patrón que se ve a lo largo del mundo en muchísimos países: gobiernos que abren sus puertas sin condiciones, y el resultado son ciudades con barrios enteros donde se pierden totalmente sus costumbres, adquiriendo unas nuevas por obligación, y ciudadanos que no pueden ni mencionar el problema porque aparece de inmediato el señalamiento de xenófobo y racista.
Tenemos que ser honestos: la migración legal es fabulosa y ha generado bienestar, empleo y riqueza en muchísimos países; por eso el debate no es acabar con ella, sino poner la verdad sobre la mesa y sí acabar con falsas narrativas que tienen otros objetivos muy diferentes a la migración sensu stricto.
La batalla cultural y la crisis migratoria van de la mano y por eso debemos resolver el problema, liberar el lenguaje y decir las cosas por su nombre sin miedo a ser perseguidos o señalados.
