Se cumple un año de la muerte de Miguel Uribe Turbay. Su ausencia se siente en su casa, en la vida de sus familiares y amigos, y en la política. También en el silencio que dejó un hombre capaz de llenar cualquier espacio. Y esa ausencia duele todavía más cuando veo a Alejandro mirando al cielo, buscando en un atardecer a su padre. Un año después, el vacío sigue siendo profundo. Somos muchos los que nos negamos a aceptar que alguien con tanta luz fuera tan vilmente asesinado por pensar diferente.
En la posesión presidencial se escucharon los aplausos y las ovaciones cuando el presidente del Congreso y el presidente electo de Colombia ofrecieron un sentido homenaje a Miguel Uribe Turbay. Lamento mucho que Alejandro, las hijas de Miguel y su esposa no hayan sido invitados a la posesión para presenciar ese momento. Paso a creer que a la oficina de protocolo se le pasó por la magnitud del evento. Honrar a Miguel no se trata solo de mencionarlo en un discurso o de exigir justicia; se trata también de reconocer y cuidar a quienes más sufren su ausencia, y de cerciorarse de que, en este camino, las viudas y los hijos de la violencia sean protegidos, acompañados y dignificados.
A la fecha, la investigación avanza. Hay capturas y condenas de quienes participaron en la ejecución y en la logística. Sin embargo, a un año de su muerte, todavía no hay una respuesta clara sobre quién dio la orden. Los autores intelectuales siguen sin responder ante la ley. Por eso debemos exigir la verdad y preguntarnos una y otra vez: ¿quién dio la orden? Hasta que la justicia llegue al último eslabón de la cadena que terminó con la vida de un hombre que solo quería servir a Colombia.
La justicia tendrá que determinar la responsabilidad de Gustavo Petro en el magnicidio de Miguel. Fue bajo su gobierno que lo asesinaron y se sabe que el Gobierno conocía de un plan para asesinarlo y no hizo nada. Pero además, durante años Petro hostigó, mencionó y señaló públicamente a Miguel y a la oposición, construyendo un clima de estigmatización que no puede desligarse de lo que ocurrió. La historia no puede absolver a quien tenía el deber de protegerlo y, en cambio, lo confrontó de manera permanente. Recojo las palabras del presidente Abelardo de la Espriella en su discurso de posesión: Miguel fue asesinado por los interlocutores del régimen que, gracias a Dios, hoy termina.
Por eso, en este nuevo momento para Colombia, no dudo de que el presidente Abelardo de la Espriella no descansará hasta que se haga justicia. Que el Estado use todo su poder institucional para identificar, judicializar y condenar a quienes ordenaron su asesinato. Porque la justicia no es solo un legítimo reclamo; es la deuda pendiente con la familia de Miguel, con Alejandro y con todo un país que ha tenido que padecer, una y otra vez, la impunidad.
Miguel era un hombre encantador, un líder apasionado, soñador, convocante y valiente. Tenía esa capacidad de mirarte a los ojos y hacerte creer que el país que soñaba era posible: un país donde los niños pudieran crecer sin el miedo y la violencia que él conoció desde pequeño. Soñaba con una Colombia libre, democrática, segura y con instituciones sólidas. Porque para Miguel, Colombia tenía más futuro que pasado.
Miguel vive. Su ejemplo sigue siendo una brújula. La única forma digna de recordarlo es construir, con valentía y coherencia, la Colombia por la que él entregó su vida. Vive en quienes seguimos creyendo que este país puede ser distinto. Vive, sobre todo, en el amor que su familia le guarda y en el ejemplo que dejó a una generación que no está dispuesta a rendirse.
Qué falta haces, Miguel. Por eso seguiremos defendiendo tu legado con la misma convicción con la que tú defendiste a Colombia, y seguiremos reclamando justicia hasta conocer quién dio la orden.
Te extrañamos, Miguel. Eternamente.
