Con la llegada de De la Espriella, los colombianos dieron un mensaje de cambio. Una nota de su desesperación frente a un gobierno anterior que prometió una nueva forma de gobernar, pero que cayó en una profunda degradación. En ese escenario, el nuevo presidente tiene una tremenda oportunidad de convencer a millones de colombianos que no votaron por él, pero están hastiados de la polarización, el discurso violento y destructor mantenido a lo largo de los pasados cuatro años.
El real poder de la democracia radica en la opción que tiene el constituyente primario (el pueblo) para enviar el mensaje si quiere continuar o corregir el camino. Es la suprema manifestación de su evaluación sobre cómo se ha sentido gobernado y su decisión es un mensaje que quien resulte elegido tendrá la capacidad de interpretar y transformar esa voluntad en las políticas y programas. En ese discernimiento se definirá el éxito —o fracaso— del nuevo gobierno.
La sociedad colombiana también tiene una hoja en blanco. Existe la posibilidad de contribuir a las transformaciones que requiere el país y buscar una nación más equilibrada, participativa y equitativa. En ello es fundamental el papel de los analistas y comunicadores: se necesita que la objetividad se imponga sobre la subjetividad, que la relevancia supere la frivolidad y que el debate sobre los problemas sociales supere las alcantarillas de los abusos del poder que nos estaban ahogando.
En los tiempos que transcurren, muchos elegidos tratan de quebrar el juicio de los ciudadanos a partir de la fuerza del mensaje -aprovechando la inmensa penetración de las redes sociales- capturando la opinión pública a través de sus emociones y, sobre todo, de sus dolores. El efecto buscado se sobrepone a la verdad de los hechos y las cortinas de humo tienen más relevancia que las ejecutorias.
Por eso es perentorio desintoxicar a los colombianos del odio y la polarización. Para ello es urgente materializar el propósito de despersonalizar el debate público. Las redes sociales son una inmensa fuente de ataques personales, pero no existe la primera donde las políticas originen el debate público. Colombia tiene demasiados retos para el presente y el futuro, pero los influenciadores políticos solo se basan en los ataques personales, donde el morbo vende, y las discusiones profundas aburren.
También es fundamental desideologizar el análisis de las políticas y decisiones de Estado. Durante cuatro años digerimos diariamente un discurso precario, pero efectivo, donde solo había buenos y malos, una visión en blanco y negro donde los matices no existen. Hay que tener en cuenta que, si la narrativa del nuevo gobierno se radicaliza a la derecha, no habrá más que justificar y mantener ese racional espurio y, en cuatro años, tendremos un nuevo giro del péndulo. La izquierda con Cepeda al frente quiere mantener esa ideologización mediante mecanismos bizarros como la desobediencia civil y los ineptos gabinetes en la sombra.
Es imperativo desmotivar todo incentivo hacia la corrupción. Si de algo están hastiados los colombianos es de ver cómo los agentes públicos y privados se apropian de los recursos públicos. Hay que transformar la justicia: es ineficaz, lenta y parsimoniosa; por no abundar en otros calificativos. Si no existe la sensación de castigo, los incentivos a la corrupción seguirán siendo infinitos. Es crítica y muy necesaria una revisión exhaustiva de las actuaciones del gobierno que termina. Deberá ser una revisión exenta de revanchismos y donde impere la investigación, en derecho, sobre las denuncias y hallazgos que habrán de llegar.
Ojalá que De la Espriella tenga claro que no existe política de seguridad si se mantiene la impunidad. Que no habrá políticas sociales exitosas si no se busca el acceso y la equidad hacia los más pobres y vulnerables. Y que no habrá paz si no se brindan oportunidades a quienes han vivido subyugados por los violentos.
