Hay una frase del Dr. Arturo Calle que leí en el libro El futuro de Colombia (Cardona Pérez, A. O. (Ed.). 2025). El futuro de Colombia: Más de 60 líderes revelan su visión de país a 2030. Intermedio Editores) que debería enmarcarse en la entrada de cada ministerio: “El verdadero éxito no se mide en las ganancias, sino en el servicio”. El empresario textil no hablaba de algoritmos ni de fibra óptica cuando escribió su visión de una Colombia transformada hacia 2030. Hablaba de pobreza, de educación, de juventud, de dignidad. Y sin embargo, es precisamente desde esa mirada humanista desde donde conviene leer la apuesta que el Gobierno Nacional puso en marcha este 7 de agosto: la de un país que quiere jugarse su futuro en lo digital. La promesa es seductora y necesaria. Conectividad para las zonas más apartadas, una economía digital que genere empleo, inteligencia artificial al servicio del Estado y el ciudadano, trámites que dejen de humillar al ciudadano. El problema no está en la meta, sino en la pregunta que el Dr. Calle, sin proponérselo, nos deja servida: ¿al servicio de quién? Porque un país puede llenarse de plataformas y seguir teniendo, como él mismo recuerda, ~14,4 millones de colombianos en pobreza en 2025 y cerca de 5 millones están en pobreza extrema o miseria absoluta. La conexión a internet no alimenta a nadie por sí sola.
Ahí aparece el primer desafío. La transformación digital corre el riesgo de convertirse en un privilegio más de los que ya lo tienen todo. Si la apuesta del gobierno no llega con la misma fuerza a La Guajira que a la carrera séptima de Bogotá, no estaremos cerrando la brecha: la estaremos digitalizando. El prójimo del que habla el Dr. Calle, el que no tiene, el que se queda atrás, no puede ser un daño colateral de la modernización. Tiene que ser su destinatario. De lo contrario, habremos construido autopistas de datos para que circulen siempre los mismos.
El segundo desafío lo formula el Dr. Calle con una angustia que ningún plan de gobierno debería ignorar: “Me duele profundamente ver cómo la juventud preparada se va del país”. Se van, dice, por falta de oportunidades y de seguridad, no porque quieran. Aquí la apuesta digital tiene una oportunidad histórica o una condena anunciada. Si formamos jóvenes en programación, en datos, en inteligencia artificial, pero no les damos aquí un lugar donde ejercer ese talento, solo estaremos entrenando mano de obra calificada para que la disfruten otros países. La educación digital sin un ecosistema productivo que la retenga es una fuga de cerebros con subsidio estatal. El reto no es solo enseñar a codificar; es dar razones para quedarse.
Y hay un tercer desafío, más silencioso, que atraviesa toda la reflexión del Dr. Calle: el de no perder lo humano en el camino. “La vida se hizo para amarnos los unos a los otros”, escribe, y puede sonar ingenuo en una columna sobre tecnología. No lo es. La gran tentación de todo Estado que se digitaliza es confundir eficiencia con justicia, confundir un trámite resuelto en línea con un ciudadano atendido. Un país donde el algoritmo decide quién recibe un subsidio, quién es sospechoso, quién merece un crédito, necesita más que nunca ese “gran concepto de lo social” que se exige a sus líderes. La ética y el respeto no son negociables. En la era de los datos personales y la vigilancia, esa frase deja de ser un lugar común y se vuelve una política pública urgente. Una Colombia digital que no cuide al prójimo será, apenas, una Colombia analógica con mejor conexión. Ese es el verdadero desafío que nos coloca esta apuesta: no si seremos un país más conectado, sino si seremos, gracias a esa conexión, un país más justo.
